Etxeberria Mauleon: De la sabiduría en la vejez

De la sabiduría en la vejez

Of Wisdom in Old-Age


Palabras clave:

Keywords:


Observación introductoria

De la lectura de las consideraciones que siguen podría extraerse la conclusión, por el modo como se expresan, de que la sabiduría en la vejez está solo al alcance de quienes pueden ela borarla a través de procesos reflexivos explícitos y complejos, que suponen en general cierto nivel de formación académica. Éstos, por supuesto, están presentes en un sector de personas mayores que tratan de cultivarla. Pero vivir esa sabiduría -lo que importa- desborda am pliamente a este sector. Incluye también a quienes la van alimentando con reflexiones vitales no expresamente planteadas, no estructuradas y cuasi espontáneas en torno a lo que van viviendo, que están arraigadas en una especie de intuición psico-moral certera para avanzar, con la edad, en la maduración de la experiencia personal y de la percepción de la realidad; lo que, evidentemente, se traduce en las conductas correspondientes. El testimonio de personas mayores de todo tipo y condición, que todos conocemos, está ahí para probarlo y mostrarlo. Estas líneas pretenden dar, sin ánimo de exhaustividad y desde el reconocimiento de la plura lidad de enfoques, una trabazón argumental, una motivación e incluso una orientación a tan amplia realidad, vivida en la mayor diversidad por muchas personas mayores.

Sabiduría

  • 1. Consideraré aquí la sabiduría como el saber vivenciado. Esto es, saber que va cuajándose a partir de la experiencia vital personal en sus múltiples dimensiones, que se interioriza con procesos meditativos, que afecta a la persona en su integralidad, que se proyecta hacia las nuevas experiencias en forma de motivación y orientación, que se retroalimenta con ellas. Saber, por tanto, singularizadamente encarnado, también en lo que puede tener en común con otras personas, reposado, pero no estancado, a través del tiempo del vivir propio.

  • 2. Implica saberes cognitivos, afectivos y prácticos respecto a la realidad y presupone reflexión al menos implícita (ésa que acontece cuando no hay clara consciencia de ella en quien la hace). Pero no se focaliza en ellos, y su contenido tiene que ver decisivamente con el sentido y con la bondad.

  • 3. Saber singularizado, pues, pero no saber cerrado, saber comunicable a través de un diálogo en el que se ofrece como apoyo para personalizaciones de otros y en el que está abierto siempre a aprender, a reconfigurarse. Pues allá donde hay dogmatismo, también en la vejez, la sabiduría desaparece.

  • 4. Una sabiduría así no cuaja cuando faltan en el sujeto las actitudes vitales que la hacen posible, y que consideraré al aplicarla a la vejez. Hay a este respecto una circularidad virtuosa: gracias a esas actitudes nos adentramos en dicha manera de saber, y ésta, a su vez, se plasma decisivamente en ellas, que pasan a mostrarse modos de ser de la persona. Se acla rará mejor esto cuando describa las actitudes en cuestión.

  • 5. Esta sabiduría entra en crisis, se sumerge en la perplejidad, cuando a la persona se le resiste una integración así de sus experiencias, ya sea ante una realidad que le impacta des bordándola, ya sea ante la fragilización constatada de sus capacidades. Tal crisis no es enton ces meramente cognitiva, es existencial.

Sabiduría y vejez

  • 1. Si la sabiduría aquí considerada es saber de experiencia de algún modo añejado, siendo sa ber posible en las diversas edades de la vida, parece ser el saber más propio de la ‘madurez madura’, de la vejez, en cuanto saber al que nos convocan los años, saber facilitado por ellos. Ahora bien, únicamente los años no la garantizan. Se puede ser mayor y contradecir contun dentemente con las conductas personales todos los criterios y contenidos de sabiduría que se irán exponiendo. También aquí la realidad está ahí para probarlo.

  • 2. La sabiduría, necesa ria en toda edad -implicando los correspondientes acomodos a las características propias de cada una de ellas-, se hace imprescindible en la vejez. En edades previas, sus carencias pueden ser paliadas por otros saberes y, sobre todo, por el bullir de las iniciativas; incluso, por la expectativa de que las condiciones sociales de precariedad u otras carencias que la limitan puedan ser transitorias. En la vejez, en cambio, el abanico de potenciales iniciativas se va reduciendo por razones intrínsecas a ella; también, en muchos casos, por marginaciones so ciales que el sujeto puede resentir, con razón, como definitivas. Esto no solo convierte a la sabiduría de la vejez en ‘necesidad vital’ para afrontar esta realidad, la desnuda de ciertos acompañamientos que pueden ocultar y suplir sus carencias.

  • 3. Desde el punto de vista del sujeto, la sabiduría se construye, por un lado, a partir de sus experiencias pasadas -que le han incitado a aprender- y, por otro, a partir de las experiencias presentes -en las que testimonia ese aprendizaje- con su orientación al futuro -en el que prueba su fecundidad-.

    • • Respecto a la primera vertiente, la sabiduría de la vejez tiene mucho de meditación so bre lo globalmente vivido, no necesariamente clausurado. Es importante que implique a lo vivido en su sentido más amplio, el que se alcanza cuando la persona se percibe co mo la confluencia en ella de experiencias interiores, intersubjetivas, sociales, cívicas, con sus relaciones diversas y sus conexiones entre ellas. La sabiduría que aporta aquí la meditación sobre una realidad así, tiene que ver tanto con la sabiduría de la vida que aspira a su plenitud (esa que, singularizada en cada persona, ratifica que vale la pena vivir) como con la sabiduría de la vida que aspira a la justicia (la que reclama derechos y asume responsabilidades cívicas), así como con las relaciones entre ambas. Es sabiduría que, enriquecida con esa mirada al pasado, sigue abierta en la iniciativa del presente en la medida en que el mantenimiento de las capacidades lo permita. Sabiduría, por tanto, llamada a orientar la acción y el compromiso sostenidos.

    • • En cuanto a la segunda vertiente, la sabiduría de la vejez es meditación a partir de la asunción del rasgo que define con más propiedad a esta edad, el decrecimiento en las capacidades: corporales, mnemónicas, cognitivas, afectivas, conativas. Nos sentimos de hecho viejos cuando ese decrecimiento: a) se experimenta en algo vitalmente significativo; b) no sólo es irrecuperable, sino que se sabe que irá a más; c) no admite ser ocultado o suplido por crecimientos que pueden persistir. En definitiva, nos sentimos viejos cuando sabemos, confesada o confusamente, que hemos entrado en la última etapa de nuestra vida, con lo que implica; etapa que ineludiblemente se cierra con la muerte. Afortunadamente, si la capacidad de pensar se mantiene suficientemente, si las capacidades afectivas y conativas no están ensombrecidas por depresiones marcadas u otros problemas psíquicos, alimentar la sabiduría, tan necesaria, incrementarla incluso, sigue siendo posible. Sabiduría respecto a nuestro modo de ser y nuestra forma de comportarnos con los otros en esta última etapa de la vida; también, respecto a la acogida de lo que nos adviene en ella y ante lo que sólo es posible el consentimiento (o la rebelión ineficaz); igualmente, respecto a los horizontes de lo que nos queda. Si se logra cuando hay tiempo y oportunidad para ella, puede incluso prepararnos para cuando en la demencia, si llega, ya no sea posible expresarla: la empapará a su modo con su secreta presencia.

    • • Volviendo a la primera vertiente, la que mira al pasado, la sabiduría de la persona mayor en gestación y ejercicio puede encontrarse con el hecho de que hay aspectos relevantes y a veces sostenidos de ella que no le gustan, que le frustran, que incluso le duele psico-moralmente haberlos protagonizado porque supusieron daño a otros y/o daño a nosotros mismos. Como hechos acontecidos, son el pasado, en cuanto tal incambiable. Como sabiduría a partir de ellos, son el presente abierto al futuro, por corto que sea. La sabiduría se construye entonces relevantemente asumiendo e incluso acogiendo positivamente esa realidad. Forzando algo el significado primario de la palabra, que pide dos sujetos, eso se expresa en la reconciliación consigo mismo, que para ser auténtica no debe suplantar ni la búsqueda de reconciliación con otros cuando las fracturas que se crearon la reclamen moralmente, ni la reparación o transformación que sean aún posibles. Es sabiduría que no se queda en el arrepentirnos, necesario cuando se impone, sino que se abre al perdonarnos a nosotros mismos, sabiduría que nos asienta en la humildad y nos abre a la comprensión del otro.

  • 4. El decrecimiento en capacidades propio de la vejez acarrea dependencia de los otros. En realidad, nunca somos independientes, nuestras independencias tienen siempre sustratos de dependencias múltiples y se expresan como interdependencias (desarrollaré luego esta cuestión). Pero, en la juventud y madurez, se trata de dependencias que vivenciamos desarrolladas como capacidades y gestionadas por nuestra libertad, hasta el punto incluso de ignorarlas como tales, de ocultárnoslas (no es nada fácil ser conscientes de cuánto debemos a los otros en lo que asignamos a nuestra iniciativa autónoma). Las dependencias relevantes de la vejez son vivenciadas de forma muy diferente:

    • • Han estado precedidas de independencias disfrutadas, de las que nos vemos privados (dinámica contrapuesta a la de la infancia). Esto es, primariamente son una frustración que impacta a lo que es en sí la vida humana en su final, que se convierte en reto para la sabiduría.

    • • Si limitan nuestras capacidades de realizar lo que decidimos, pero no de tomar la decisión (por ejemplo, la de disfrutar de una estancia en un lugar al que no podemos trasladarnos por nosotros mismos), nuestra libertad puede gestionarlas, pero únicamente si las ayudas que recibimos de otros son las adecuadas; esto es, si son apoyos, en el respeto, para el ejercicio de esa libertad. Aunque, incluso entonces, la situación nos reclama encontrar dinamismos personales de aceptación de nuestra dependencia y horizontes de sentido ante esa realidad, dinamismos que expresen y acrecienten nuestra “sabiduría de la vejez”.

    • • Al disminuir nuestro poder ante quienes dependemos, al aumentar el poder de estos sobre nosotros, emerge la amenaza de que podamos experimentar forzadamente la dependencia como dominación que sufrimos de los agentes que la atienden, personales o institucionales. Dominación a veces cruda y a veces más oculta, en ocasiones, incluso, bienintencionada; pero en todo caso dominación, aspecto que no debe ser ocultado por otras distinciones que se imponen para ser honestos con el otro. En estos casos, la sabiduría de las actitudes y del sentido en la persona mayor, debe hacerse también sabiduría de la justicia que se enfrenta a potenciales maltratos intencionales o a no buenos tratos, expresados con acciones, pero también con omisiones, por ejemplo, en forma de abandono en una soledad no querida. Como sabemos, éste no es un fenómeno extraño para un sector significativo de personas mayores. Fenómeno que reta a la dimensión de indignación moral inserta en su sabiduría.

    • • La relevancia de esta dominación sufrida no debe hacer olvidar la dominación ejercida por la persona mayor, ya sea la apoyada en el poder del que dispone, por ejemplo, económico, ya sea la realizada a través del chantaje emocional o moral: te maltrato a ti porque sé que serás psíquica o moralmente incapaz de usar tu poder contra mí. Con esto apunto al anciano que se convierte en déspota de quienes le sirven, que vuelca en ellos su frustración por su dependencia. Evidentemente, en una persona así la sabiduría se esfuma, todo lo que puede tener de ella queda contagiado por tal proceder. Esto nos recuerda que es condición de posibilidad de cualquier sabiduría que merezca el nombre de tal, su no contaminación por conductas injustas.

  • 5. Experimentar el decrecimiento con procesos contrapuestamente crecientes de dependencia y con horizonte de mortalidad, implica en sí sufrimiento. Éste es posible en todas las etapas de la vida, pero ligado intrínsecamente la edad sólo se da en la etapa de la vejez. La sabiduría, en ella, está llamada a modelarse desde el impacto del sufrir en nosotros y a concretarse en guía que nos orienta para afrontarlo o para asumirlo con positividad, según los casos. Sabiendo que al sufrimiento propio de la edad habrá que añadir, si es que llegan -algo altamente probable en una vejez prolongada-, otros sufrimientos, como los de la enfermedad o la soledad no querida.

  • 6. Todo lo considerado en torno al decrecimiento y la dependencia en la vejez conlleva la vivencia de una relación especialmente intensa, en buena medida específica, con nuestra corporalidad. No tenemos un cuerpo, somos cuerpo, corporalidad animada. Nuestra historia, que nos identifica, es la historia de esta corporalidad animada. Curiosamente, cuando en ella el cuerpo puede (plenitud de capacidades físicas), solemos tener la experiencia psíquica de que tenemos un cuerpo al que le mandamos que haga esto o lo otro; y como lo hace, consideramos que nos obedece. Cuando en el cuerpo se van instalando los no poderes (fragilidades de fuerza, movimiento, sensoriales en sus diversos órganos, sexuales…; morbilidad creciente…) como sucede en la vejez, cuando no puede, pasamos a tener la experiencia psíquica de que nos manda, de que tenemos que obedecerle: ya sea directamente nosotros mismos, ya sea a través de quienes nos ayudan ante nuestras dependencias.

  • Pues bien, es en esta corporalidad fragilizada y dependiente donde se nos revela decisivamente la corporalidad que somos: soy ese cuerpo herido, no es un extraño a mí, como pretenden ciertas antropologías, no soy sin él. Constatarlo puede conllevar una experiencia amarga que, además, amenaza con no ser puntual sino acrecentadamente sostenida. Toca por eso, de manera especial, trabajarla para que sea fuente y campo de sabiduría, sabiduría de la corporalidad humana que, hecha única en cada uno de nosotros con sus avatares específicos, nos constituye. Sabiduría que, en su dimensión preventiva, es contención eficaz de la desesperanza y de la depresión, a la vez que acogida realista de las posibilidades que se mantienen, y, en su dimensión positiva, es agradecimiento por las capacidades que han sido y las que continúan, entrelazado con ternura por nuestra corporalidad ante las fragilidades que se resienten, que resentimos. Sabiduría, también, que es consciencia de que, obedeciendo al cuerpo, nos obedecemos a nosotros mismos, pues no es un alter en el que estamos aprisionados; obedecemos a ese nosotros que no se identifica con la desnuda conciencia y voluntad. Sabiduría, por último, con la que afrontar personalmente la problemática del final de la vida, en la que aquí no entro.

  • 7. Los referentes que interpelan a la sabiduría en la vejez, destacados hasta ahora, pueden ser percibidos como generadores de un dominante clima psíquico de tristeza. No se debe minusvalorar la posibilidad de que esta aparezca con fuerza, de que llegue incluso a instalarse como depresión. En cuanto tal, tiende a bloquear una sabiduría que, por otro lado, está convocada a afrontarla, como ya he adelantado, incorporando actitudes que habrá que definir. Pero no hay que presuponer que tal tristeza sea intrínseca a la vejez. También, con el correspondiente cultivo de la sabiduría, puede ser una etapa para la alegría o gozo que nos expande expresivamente y nos relaja a la vez, que transfigura nuestra percepción de la realidad y nos da fuerza para vivir; el gozo de la vejez, plasmado en vivencias personales, en relaciones, en acontecimientos, en recepción de dones, en acciones.

  • 8. En las sociedades tradicionales, en las que los cambios eran lentos y poco perceptibles en el breve período de una vida humana, las personas mayores aportaban a su entorno -todas- y a la sociedad -las más destacadas- los saberes tradicionales (cognitivos y técnicos), y -se esperaba- la sabiduría, con sus conexiones entre ellos.

    • • En nuestra actual cultura del cambio, la rapidez e incluso la inmediatez entre lo proyectado y lo realizado, reflejada en la tecnología informática, ser mayor se identifica (y con frecuencia así sucede, pues aquí la edad no ayuda) con ser desadaptado: sólo algunos, excepcionalmente, siguen aportando en esos niveles. ¿Puede, en compensación, aportarse sabiduría, esa sabiduría modulada expresamente por la reflexión y la experiencia acumulada? No parece que en nuestra cultura sea especialmente valorada. Con todo, es importante que la discreta disposición a ofrecerla en humildad -en la consciencia de los propios límites y de la inclinación conservadora que tiende a adherirse a la edad-, siempre unida a la disposición a recibir y a dialogar, esté ahí, en los entornos personales y, si las circunstancias lo hacen viable, más allá de ellos, en entornos sociales y cívicos.

    • • Estas dificultades que la persona mayor puede encontrar, no sólo no deben desalentar el cultivo personal de la sabiduría, deben ser ocasión y estímulo para practicarla y desarrollarla confrontándose honestamente con ellas. Además, hacen que, a nivel personal, esa sabiduría resulte aún más necesaria para el vivir sereno y pleno.

  • 9. Advertí al comenzar, que los años favorecen la sabiduría aquí considerada, pero que no la garantizan. Ser mayor no es automáticamente equivalente a ser sabio -en proceso siempre- en este sentido. Hay una cierta connaturalidad entre edad y sabiduría que hace que esperemos que confluyan, pero la esperanza puede frustrarse. Es lo que hace especialmente doloroso que no se dé esa confluencia, tanto para la propia persona mayor como para quienes le rodean.

    • • Las dificultades se sitúan a veces externamente al anciano o anciana, en las condiciones socio-económicas de pobreza, marginación o explotación que ha vivido y vive, en las dominaciones que ha sufrido y sufre, en las discriminaciones padecidas por razón de género, etnia u otras. Volvemos aquí a toparnos con la conexión entre sabiduría y justicia. A veces es tan fuerte la capacidad de la persona para sobreponerse, que su sabiduría emerge confrontada con esa realidad. Pero otras veces, es agostada por ella: no sólo sufre entonces carencias materiales graves, también carencias psíquicas y de sentido.

    • • En otras ocasiones, las dificultades están en la persona mayor, pero sin que quepa asignársele responsabilidad, como puede ser el caso de una enfermedad mental que adviene tempranamente. Para la circunstancia en la que adviene tardíamente, ya he hecho antes un comentario al que me remito.

    • • Por último, los bloqueos a la sabiduría en la vejez pueden achacarse a la responsabilidad de la persona mayor. Es lo que sucede cuando la última etapa de nuestra vida la afrontamos de tal modo que damos pábulo a lo peor de nosotros mismos. Piénsese, por ejemplo, en quien, como ya adelanté, aprovechando que puede, a través de mecanismos de autoridad o económicos o afectivos, se muestra exigentemente inmisericorde con quienes le atienden.

  • 10. La sabiduría se hace lúcida y positivamente cargo de nuestra condición de humanidad de forma vivencial y no teórica, en y desde uno mismo. Nos muestra que somos, ciertamente, seres de capacidades. Pero nos muestra igualmente que somos, a la vez y siempre, seres dependientes y vulnerables. Lo que varía con la edad y las circunstancias vitales es la combinación de esos tres rasgos que nos definen. La vejez es una etapa privilegiada para percibir experiencialmente esta condición nuestra, como acabamos de ver en las consideraciones precedentes.

  • Pero la sabiduría avanza más. Que seamos así supone que somos primariamente seres receptivos: de las otras personas y del resto de la realidad, que nos impactan y nos donan de múltiples y complejas maneras. Nos construimos sólo gracias a esas recepciones. Por supuesto, también, a las respuestas que, implicando a nuestras capacidades, damos a ellas. Respuestas que toman su motivación y orientación primaria de las recepciones. Dicho sintéticamente, somos seres de receptividades y responsividades a ellas. El individuo que se pretende autónomo y autosuficiente, no debe ignorarlo. Tiene que ser consciente, además, de que ese trasfondo de limitación ineludible marca a la vez el trasfondo de la solidaridad necesaria. De nuevo, la sabiduría de la vejez es totalmente lúcida respecto a esta realidad, aunque no necesariamente la nombre así.

Dimensiones de la sabiduría y vejez

La sabiduría se materializa en contenidos que, en sus temáticas, son comunes en cualquier edad. Lo propio de la sabiduría en la vejez es que son concretados, contextualizados y expresados en/desde ella, por supuesto, con capacidad de proyectarse más allá de ella y de las realidades sociales en las que es vivida. Ya he ido adelantando que tienen que ver con la justicia, el sentido, la vida buena, los modos de ser (implicando actitudes vitales). Paso a desarrollarlo ahora.

  • 1. La referencia más generalizable es la justicia. Implica la aplicación de sus principios universales a la situación de la vejez. Lo que la sabiduría añade, tal como la estamos concibiendo aquí, es doble:

    • • En primer lugar, la justicia es arraigada firmemente en las experiencias de las injusticias sufridas, ya sea que se vivan en uno mismo o que, vividas por otros, resuenen solidariamente en uno: se reflexiona sobre lo justo a partir de ellas, desde el aliento y la inspiración que se recibe de ellas, también para purificarlas cuando sea necesario. De este modo, esos principios no son abstracciones, tampoco reclamos para meros disfrutes materiales de bienes, recursos y servicios. Son vivencias y realizaciones en las que la injusticia queda vencida y la justicia realizada. Lo cual supone que entran en juego no sólo lúcidos análisis de la realidad y ajustados argumentos racionales, sino también, imbricándose con ello, sentimientos, actitudes, compromisos.

    • • En segundo lugar, la realización de la justicia es afrontada desde su ajustada contextualización en las condiciones sociales que en parte la posibilitan y en parte la dificultan. Lo que hace que sea justicia prudencial, que no es sinónimo de justicia a medias, sino de justicia máxima posible abierta a los riesgos razonables que acrecientan las posibilidades, y atenta a las consecuencias de su puesta en práctica.

  • La sabiduría en la vejez posibilita la intensificación de estos dos rasgos propios de la “justicia con sabiduría”, de la “sabia justicia”. Respecto al primero -el experiencial-, de modo más inmediato, se construye afrontando las situaciones de injusticia sufridas, tanto por la condición propia de la vejez como por las marginaciones y opresiones intersubjetivas y sociales que se aprovechan de la fragilidad ligada a ella. Se construye también, mostrándose abiertos a la universalidad que la autentifica, desde las solidaridades sentidas, efectivas en lo posible, de las personas mayores hacia quienes, estando en otras etapas de la vida, sufren también graves injusticias: su vivencia de interconexión biológica entre generaciones (padres-hijos-nietos), generalizada, puede ayudar en esto si no se encierra en sí misma. Se construye, por último, desde la memoria de las experiencias de injusticia. La vejez tiene una tensión interna, dolorosa, con la memoria: por un lado, puede ser memoria de toda una vida, de todo lo que la historia personal concentra, en relaciones interpersonales y sociales; por otro lado, la memoria es la capacidad cognitiva que antes empieza a flaquear. Pues bien, esta riqueza de experiencia memorial, adecuadamente trabajada, puede ser también experiencia de justicia memorial, para el presente y para el futuro. Es algo sanador y plenificador para la persona. Algo, también, que puede ofrecer a los demás como aportación.

  • En cuanto al segundo rasgo -el prudencial-, hay que tener presente que uno de los aspectos para ajustar a la realidad las exigencias de la justicia es el de la evaluación de iniciativas pasadas. Y es aquí en donde en la vejez se da una riqueza: tener una larga experiencia personal aporta a esas evaluaciones del pasado la densidad de lo vivido. Es cierto que hay un doble riesgo: el de generalizar indebidamente algunas vivencias personales y el de caer en el pesimismo paralizador de toda apertura a la novedad, en una especie de escepticismo resignado ante el recuerdo de fracasos pasados. En la persona mayor se dará la sabiduría en el ámbito de la justicia cuando sea capaz de poner su experiencia al servicio de esta, no sucumbiendo ante dichos escollos. Será muy positivo para ello que sepa dejarse interpelar por los más jóvenes, lo que, además, le dará razones morales para reclamar ser escuchado por ellos.

  • 2. Respecto al sentido, es quizá la dimensión de la sabiduría menos generalizable en lo que se refiere a las versiones concretas del sentido de la vida y de la realidad por las que cada persona opta, que nos sitúan como miembros del grupo particular de quienes participan personalizadamente en opciones similares. Pero lo que sí puede ofrecerse con proyección más general, compartible por quienes tienen opciones diversas, es el estilo vital con el que se asumen y el estilo argumental con el que se fundamentan y desde los que -en unión con un testimonio coherente- se abren al diálogo, tanto interna como externamente a los grupos de pertenencia.

  • Lo que añade la vejez es, en primer lugar, la experiencia de una praxis de muchos años en torno a esas opciones, con sus vicisitudes, sobre la que, reflexivamente, ese saber está llamado a asentarse. Y están, en segundo lugar, los rasgos propios de la vejez con los que esos mundos de sentido se confrontan vitalmente; en concreto, los ligados al decrecimiento: ¿en qué marcos de sentido vivirlo? Si es asumido lúcidamente, no puede ignorarse su horizonte último, la muerte. La sabiduría es en medida significativa sabiduría ante nuestra condición de mortalidad, abordable a cualquier edad; pero es la vejez la que nos hace resentirla como una realidad difícil de ignorar, la que nos convoca a afrontarla con autenticidad, como cuestión clave para el sentido del vivir y de lo vivido.

  • 3. Sucede algo parecido en lo que tiene que ver con la vida buena, entendida de momento -añadiré luego una segunda dimensión- como vida en la que llevamos a cabo aquellos proyectos en los que, con evoluciones y transformaciones y con imbricaciones entre ellos, vamos situando nuestra realización personal. En la materialidad de su contenido no sólo son muy variados, sino que deben ser situados en el espacio de las decisiones libres de los sujetos -en lo que pueden-, que tienen que ser respetadas mientras no contradigan la justicia; en la conciencia, por supuesto, de que, incluso al elegirlos y más aún al realizarlos, nunca se trata de proyectos autosuficientes. La sabiduría en torno a ellos que podemos compartir generalizadamente es, por eso, sabiduría relativa a los criterios de elección entre proyectos posibles (que tiene que estar guiada por la autenticidad con uno mismo), a los procesos de discernimiento (que incluyan la interpretación de la realidad y de uno mismo), y a la adecuada asunción de lo que en ellos haya de recepción de los otros y de iniciativa creativa.

  • Con el paso del tiempo, los proyectos, formando unidad en lo que cabe denominar proyecto vital, se hacen -o no- realidades, con sus aciertos y sus frustraciones, sus gozos y sus sufrimientos. Grabados en la memoria, son una dimensión decisiva de lo que puede llamarse la identidad narrativa personal. Pues bien, lo propio aquí de la sabiduría en la vejez es que el grueso de la vida buena como vida realizada se sitúa no ya en el futuro, sino en el pasado, implica evaluación del pasado personal insertado en múltiples relaciones intersubjeti vas, pertenencias colectivas, estructuras variadas. Es de verdad, cuando se da, sabiduría de experiencia. Y, como tal, es sabiduría en el presente, que forma parte decisiva de la realiza ción de la vida buena, que alienta esta vida buena de cara al futuro, sosteniéndola, por breve que sea su recorrido previsible. Sabiduría que puede ser comunicada a otros.

  • 4. La vida buena no tiene que ver solo con los proyectos que, dominantemente, nos abren al exterior. Tienen que ver también, decisivamente, con la manera como vamos modelando nuestro modo de ser. Es su segunda dimensión, antes anunciada. Aquí la categoría ética que entra en juego es la de la virtud.

    • • Ya Aristóteles dejó asentado que las virtudes expresan la excelencia de nuestro carácter, que son modos de ser en los que hemos retrabajado moralmente nuestros modos psíquicos. Añadía que, ya de cara a las iniciativas, implican disposiciones permanentes para las acciones buenas: quien es, por ejemplo, sereno, tiene la disposición constante hacia la serenidad, incluso ante las dificultades y conflictos. Y aclaraba que la concreción de estas disposiciones, para ser lo mejor en excelencia, debe alejarse de los extremos viciosos, por exceso o por defecto (en el caso de la serenidad, de la incapacidad para la turbación, incluso en circunstancias extremas -vicio por exceso- y de la turbación por circunstancias nimias -vicio por defecto-).

    • • Hoy, en vez de ‘virtudes-disposiciones’, tendemos a hablar de ‘actitudes’. Por un lado, no recogen todos los matices de lo que es la disposición virtuosa; por otro, pueden aplicarse a ámbitos que desbordan a las virtudes en sentido estricto, aunque las impliquen. Será por esta razón la categoría que aquí tendré presente.

    • • Como he ido avanzando, y ya pensando en la sabiduría en la vejez, si es normal que los contenidos materiales de esa sabiduría (de los que aquí he definido sus coordenadas) varíen, incluso notablemente, entre las personas mayores, que varíe en este sentido su sabiduría, la afinidad en las actitudes ante las circunstancias compartidas de la edad, la sabiduría de las actitudes, puede ser mucho más concordante, aunque siempre tenga su sello personal según el carácter psíquico y las circunstancias vividas. Puede, también, ser mucho más relevante. Por eso voy a ahondar en ellas dedicándoles un último apartado.

La sabiduría de las actitudes vitales en la vejez

Las actitudes vitales que se describan aquí pueden, pues, compartirse, en lo fundamental, en proyectos de vejez diversos, en contextos diversos, en singularidades caracteriales diversas, aunque queden coloreadas y en una parte no irrelevante moduladas por todo ello. Son actitudes que maduran y plenifican a la persona mayor, a la vez que consolidan relaciones positivas con las personas de su entorno y con la sociedad en general; es decir, bien asumidas y realizadas, nunca se limitan al espacio de intimidad. Las actitudes que enunciaré y describiré a continuación (que, evidentemente, están lejos de agotar todas las que merecen ser consideradas), van a ser presentadas como expresiones de sabiduría, de saber sostenido y vivenciado, encarnado en la propia identidad, desarrollado y probado en las acciones correspondientes.

  • 1. Sabiduría de/en la asunción del pasado. Sabiduría que genera aprendizajes sobre la condición humana en general y sobre uno mismo en particular. Que se hace cargo de la vulnerabilidades y dependencias de ella, pero también de sus capacidades; igualmente, de nuestra inclinación al mal, pero también de los fondos de bondad que anidan en toda persona. Que, aplicado esto a la experiencia personal, se expresa en actitudes de agradecimiento por todo lo positivamente vivido, por todo lo aprendido, por todo lo recibido, por todo lo compartido. Que, igualmente, deja constancia experiencial de las formas positivas, incluso fecundas, de asumir los fracasos -inevitables en cuanto tales-, contrapuestas a sus formas negativas. Que afronta, ya con dolor serenado y en dinámicas de reconciliación -asimétricas, en función de la responsabilidad que se haya tenido o no por el mal moral-, los daños causados por otros que se han podido sufrir y los daños que se han podido causar a otros.

  • Esta sabiduría que reasume así el pasado, no lo considera pasado clausurado. Es pasado que ha generado el presente vivo desde el que se proyecta el futuro por vivir, acortado por la edad, pero futuro. Y es sabiduría que alimenta el modo de vivir este presente y de afrontar su futuro, sabiduría que se acrecienta con el avanzar de la temporalidad, siempre, por tanto, en actitud de aprendizaje, en la medida en que las capacidades lo hagan posible.

  • 2. Precisamente por estas últimas consideraciones, sigue siendo fundamental en la vejez la sabiduría de la autonomía. La autonomía que discierne, decide, realiza lo decidido. Lo más propio de esta sabiduría de la autonomía en la vejez que mantiene las capacidades cognitivas y conativas fundamentales y que ha aprendido del pasado, puede ser focalizado en el momento del discernimiento, de la deliberación, tanto en la perspectiva del bien como en la de las posibilidades fácticas de efectuación de lo realizado.

    • • Respecto a lo primero, es sabiduría que destaca que lo relevante no es decidir por el gusto de experimentar un autoposicionamiento ante los demás, no es la mera autodeterminación del libre arbitrio, de la euforia psíquica de sentirse independiente. Es la autodeterminación por el bien, por supuesto, y, obligadamente, en lo que afecta a la justicia, pero también, ya sin esa obligación de lo que se impone, en lo que afecta a la plenitud, en los modos de ser de uno mismo y en sus relaciones personales. Es la autodeterminación que se expresa como reconocimiento y efectuación de la interdependencia, de lo que, imbricadamente, recibimos y damos al ejercerla.

    • • En cuanto a la conexión entre discernimiento-deliberación de la decisión y posibilidades de efectuación de ésta, se subraya siempre que toda decisión debe ser acorde con los requerimientos de la prudencia, que no es timoratez, sino osadía lúcida. ¿Nos inclina la edad a la timoratez? Puede. Pero no la edad que ha cultivado la sabiduría memorial que antes se ha descrito: su prudencia prudente no es la que cierra por temor a riesgos las posibilidades razonables de que el bien y la justicia se realicen. Es, ciertamente, prudencia muy atenta a esos riesgos que no minusvalora frívolamente, pero atenta también a los modos de abordarlos. A la prudencia se la llama a veces sabiduría práctica. La persona mayor moralmente sensible y no atenazada por sus miedos ni por ciertos aferramientos interesados a su pasado, puede estar especialmente capacitada para vivirla y aconsejarla.

    • • Hay además un tercer aspecto que debe ser considerado en la sabiduría de la autonomía en la vejez. Si siempre, incluso en nuestros momentos de más independencia, tenemos dependencias de los demás, en la vejez, como se destacó antes, estas dependencias del decrecimiento se van haciendo crecientes. Y, evidentemente, impactan en la autonomía. Pueden acabar afectando a la capacidad misma de decisión hasta el punto de que reclame que otros decidan por nosotros, en nuestro lugar. Pero éste es el extremo de un abanico de posibilidades, extremo que debe ser evaluado con todo cuidado. Porque pueden, por ejemplo, como se adelantó también, afectar a la capacidad de efectuación autosuficiente de lo decidido, pero no a la de decidir, o pueden afectar sólo parcialmente a este poder decisorio. Es en estas limitaciones parciales en donde la sabiduría de la vejez puede tener una gran relevancia: discerniéndolas en uno mismo con lucidez, asumiéndolas con humildad y con consistencia en su alcance justo, reclamando a los demás respeto para la capacidad que se mantiene, considerando que la recepción de apoyos externos para la superación de las carencias -en la decisión y la ejecución- que sea posible, forma parte de los derechos de la persona. Una sabiduría así se practica y ejerce en la propia experiencia vital. Pero es una sabiduría llamada a ligarse a todas las expresiones de dependencia, no sólo las de la vejez. La persona mayor sabia es empáticamente solidaria con todas las personas dependientes. Sabe que, en el fondo, toda autonomía es limitada y, a veces, es autonomía herida. Siempre, autonomía que reclama ritmos y modos personales propios.

  • 3. La dependencia es algo más que un factor que aparece a veces condicionando el ejercicio de nuestra autonomía. Es algo más radical: es un rasgo propio de la condición humana. La etapa de la vejez, como ya indiqué, es especialmente adecuada para resaltarlo, para hacerlo una referencia clave de la sabiduría propia de ella, para cultivar la sabiduría de la dependencia. Veamos lo que implica, aunque tengamos que reiterar algunos aspectos ya dichos:

    • • Somos, siempre, dependientes de los otros (y de lo otro no humano, aunque con otras dinámicas). No sólo porque les necesitamos para afrontar nuestra fragilidad y vulnerabilidad y cubrir nuestras necesidades con las que desarrollar nuestras capacidades, también para ejercer estas últimas, siempre. Es propio de la sabiduría de la vejez considerar la propia vida y detectar esta realidad en toda ella, por oculta que haya podido estar en determinadas etapas.

    • • Esta condición de dependencia revela una disposición básica en nosotros, que modula la propia configuración de nuestro cuerpo y nuestra psique: la de la receptividad de lo que nos llega de los otros y de lo otro, sin lo que no podemos vivir ni desarrollarnos. En su expresión positiva nos adviene como don (aunque también, no hay que olvidarlo, estamos abiertos a recibir el impacto de lo malo). Constatar el enorme alcance de lo recibido, con el agradecimiento correspondiente, es, de nuevo, dimensión de la sabiduría, siempre, pero especialmente relevante en la vejez. Sin que ello deba impedir en nada la mirada crítica sobre la recepción de impactos negativos, que da cuenta de la complejidad de la receptividad, también, por tanto, de la sabiduría en torno a ella.

    • • Desde este punto de partida, reconocer nuestra condición de dependencia implica humildad, en el sentido de aceptación lúcida de nuestra limitación. Pero invita también a abrirse a la positividad de la condición de dependencia. Intrínseca a ésta se da la apertura a la solidaridad fáctica, llamada a concretarse como solidaridad moral, y la relacionalidad de la solicitud con quienes nos atienden en la dependencia, con quienes atendemos en su dependencia (hay muchas personas mayores -mujeres, sobre todo- atendiendo a personas mayores con dependencias más intensas). La persona mayor en la que la dependencia visible se va haciendo marcada está convocada a vivir así, por su parte, esta realidad, apoyándose en una sabiduría de la vida que la fundamente, que, de nuevo, incluya la crítica ajustada si es el caso.

    • • De todo lo antedicho se desprende que nuestra realidad fundamental a lo largo de toda nuestra vida no es la dependencia ni la independencia, sino la interdependencia. Somos seres con dependencias (que reclaman ayuda, necesitados de recibir apoyos) y con capacidades (que pueden ofrecerla, que pueden dar esos apoyos). Imbricadas entre nosotros, e incluso dentro de nosotros, se plasman en una solidaridad fáctica de interdependencia que tenemos que desarrollar como solidaridad moral. Luego, en la concreción de nuestras interdependencias hay variaciones a lo largo de la vida de cada uno. En nuestras relaciones de interdependencia, en unas ocasiones nos corresponde más recibir que dar, en otras, más dar que recibir. Aunque si, como debe ser, incluimos bienes inmateriales, las fronteras se diluyen y la cuantificación se nos escapa (la solidaridad nos pide que ni la intentemos). Debiendo saber además que en el sustrato de lo que damos hay mucho de recibido. Toda persona mayor, meditando en su propia vida, esto es, cultivando la sabiduría, percibirá manifiestamente la consistencia de estas afirmaciones, aunque al aplicarlas a su realidad vital pueda hacer un balance más o menos positivo.

  • 4. En la sabiduría descrita, que purifica y ajusta el ejercicio de la autonomía, hay una perspectiva que, aunque implícita en lo dicho, conviene destacar para aplicarla a la sabiduría en la vejez: la de la vivencia de ella desde la motivación y el horizonte de la autenticidad, la sabiduría de la autenticidad.

  • Al realizar lo que decidimos libremente nos autodeterminamos, hacemos que lo ejecutado pase a asignarse al sujeto que somos, pase a formar parte de lo que somos porque así lo hemos decidido; no todo, pues también somos lo que nos han aportado -y a veces impuesto- los otros y la realidad en general sin que previamente lo hayamos solicitado, que, así, nos hetero-determinan. Pero centrémonos de momento en nuestras autodeterminaciones. En ellas son relevantes los motivos y fines: ¿por qué y para qué he decidido y he hecho esto y lo otro? Y es aquí donde entra la autenticidad. Dando, por supuesto, que asumo los deberes de respeto a la dignidad de todos, puedo decidir, en su conjunto, en función de mis gustos y deseos espontáneos, o en función del logro de lo valorado socialmente, o en función de que sea valorado por los otros. O bien puedo decidirme en función de aquello que, teniendo presentes los horizontes de sentido y de valor consistentes, así como mis capacidades, mis formas de ser y mis contextos, me siento algo así como llamado a ser y a hacer, hasta el punto de que considero que me traiciono a mí mismo si me autodetermino en otra dirección. Es esta última opción la que marca el ejercicio de la autonomía con el sello de la autenticidad, del ser yo mismo. La experiencia de la vida muestra que es la opción más rica y valiosa, la que no nos frustra.

  • Pues bien, la vejez puede ser la edad por antonomasia en que se aprecie y se exprese esta experiencia y esta valoración, ya sin presiones para cumplir expectativas de otros -logros sociales, etc.-. Cuando nos preguntamos qué hemos hecho en nuestra vida hacia los demás, qué hemos hecho de nosotros mismos, las respuestas que nos satisfacen son las que realizan, con limitaciones inevitables, la autenticidad. Por eso, es la vejez la etapa en que esta sabiduría de la autenticidad, llamada a hacerse presente a lo largo de la vida, puede alcanzar su clarividencia plena, incluso su culminación. No sólo celebrando los avances en ella que hemos ido consiguiendo, también asumiendo, a la vez crítica y compasivamente, los fracasos pasados. Sabiduría, evidentemente, a la que testimonialmente se puede invitar a otros.

  • 5. Acabo de apuntar que también nos (hetero) determina lo que se nos impone: en nuestra condición de humanos en unos casos, en nuestra singularidad personal en otros. También en ello hay implicada una sabiduría, especialmente relevante en la vejez: la sabiduría del consentimiento. Porque, si bien nada podemos hacer para que deje de ser o suceder lo que se nos impone, sí podemos afrontarlo con actitudes diversas, que diseñan un fino y nada irrelevante espacio para la libertad que elige entre ellas.

  • El momento previo de esta sabiduría es el del discernimiento, en una doble dirección. En la primera, la pregunta es: ¿lo que parece imponérseme, se me impone de verdad?; ¿se me impone total o parcialmente? En la medida en que queden espacios para la libertad y la iniciativa transformadoras, me corresponde hacerme cargo de ellos responsablemente. En la segunda dirección la cuestión es otra: eso que se me impone, ¿debe ser juzgado positiva o negativamente?; lo malo de él ¿es atribuible a causación humana libre o a otra causación?

  • Evidentemente, la sabiduría del consentimiento trabaja únicamente lo considerado en la segunda dirección. Las actitudes más primarias ante lo que no puedo cambiar son la aceptación y (si no lo percibo positivo) el rechazo psíquico, pudiendo este último adquirir la forma de rebelión. La sabiduría del consentimiento no alienta, sin más, a acoger todo lo inmodificable. La doble pregunta que se acaba de formular reclama una distinción en ello. Porque una cosa es, por ejemplo, que a consecuencia de una enfermedad grave bien atendida médicamente me encuentre en situación terminal, abocado irremediablemente a la muerte, y otra que esté muriendo una hija mía a la que un fanático le ha disparado. La muerte es inevitable en los dos casos. Habrá que asumirla en ambos como hecho inminente. Pero el segundo caso pide una sabiduría de rechazo indignado de la causa de ella, de denuncia de quien la causó, de esfuerzo por lograr que hechos como ése no sucedan más. La sabiduría del consentimiento que aquí se propone deja de serlo si se consiente lo que no debe ser consentido.

  • ¿Cabe ir más allá en la rebelión, rechazar la muerte misma, en los dos casos, la muerte que nos advendrá, la condición humana de mortalidad, por más que sepamos que fácticamente es inútil? Evidentemente, se nos imponen también muchas más cosas, vivenciadas como negativas, dolorosas, limitantes que no llegan a este dramatismo. Ante todas ellas, la sabiduría aquí propuesta nos encamina al consentir. La palabra tiene un significado y un uso amplio y ambiguo. Aquí, con ella se quiere decir asumir, aceptar, incluso, acoger serenamente todo lo inmodificable en el marco de la acogida de nuestra condición humana y de la realidad en su conjunto. No se trata necesariamente de alinearse con el enfoque estoico, del que de hecho nos distanciamos claramente cuando hacemos las distinciones aquí propuestas: se puede aprender de él, pero limitándolo en su alcance.

  • De nuevo, la vejez, con su decrecimiento y con enfermedades que pueden estarle asociadas, es una etapa especialmente propicia para culminar el cultivo de esta sabiduría. La larga experiencia vivida ayuda a hacer con lucidez y justeza los discernimientos previos que precisa para delimitar su campo y facilita el cultivo de las actitudes que tienen que acompañar al consentir: conciencia de los propios límites, de los callejones sin salida de ciertas rebelio nes, de las fecundidades del consentir, etc. El propio envejecimiento progresivo es un espacio en el que ir poniendo en práctica esta sabiduría, en el que ir mostrando su consisten cia; también sus dificultades, ante las que la persona mayor puede sucumbir, no tanto, habitualmente, en forma de rebelión sostenida cuanto de depresión. En el consentir que damos cuenta mucho, además, el sentido de la vida y de la realidad que vivenciemos -no meramente que confesemos-, de manera especialmente intensa, ante la muerte, experimen tada primariamente en la muerte de los que nos son cercanos, pues le da horizontes y razones.

  • 6. Una sabiduría que tiene conexiones con el consentir -sin que sea lo mismo- y que es igualmente relevante en la vejez es la sabiduría de la paciencia. En parte, la duración de la vida prepara para la paciencia, empuja a aprender y practicar la paciencia. En parte, la vejez como tal es un reto nuevo para esa paciencia.

  • En nuestra actual cultura de la inmediatez a la que ya hice referencia, que nos empuja a conseguirlo todo con la máxima rapidez, la paciencia, con el sufrir en pasividad que evoca, es una virtud contracultural. Esa cultura pretende forzar constantemente a los otros y a lo otro para que se ajusten con prontitud a nuestros deseos. La paciencia, en cambio, frente a ciertos tópicos que la denigran no comprendiéndola, es la virtud que reconoce, respeta y acoge el tiempo necesario de y para cada realidad -para uno mismo, para los otros, para las realidades no humanas-, el tiempo ajustado a ella. Cuando tiene que ver con los otros, reconoce ese tiempo de los otros que tiene presentes sus limitaciones personales y sus contextos, es virtud del respeto empático. Cuando tiene que ver con nosotros mismos, es algo parecido, sólo que ahora fortalece la voluntad para la perseverancia necesaria, para la espera, para la aceptación de lo incambiable (conexión con el consentimiento).

  • Pues bien, decía, para la persona mayor la duración de la vida vivida, obligándole con frecuencia a respetar los tiempos de espera para sí mismo y para los otros, obligándole a escuchar a la realidad en su complejidad a fin de interactuar con ella, ha sido un estímulo constante para el aprendizaje de la paciencia, que ella puede testimoniar. No está garantizado el avance en él, pues la impaciencia también cabe en la vejez. Pero nunca es tarde para cultivarla: volverse retrospectivamente sobre el propio pasado, hacerse cargo de lo inadecuado de las impaciencias vividas, puede ayudar a alentar la paciencia en el presente; como puede ayudar la intuición y experiencia de sus muchos frutos, para sí y para los otros.

  • Insisto en esto último. El presente de la vejez, con su dinámica de decrecimiento y de dependencia, es un nuevo reto para la paciencia de la persona mayor: consigo mismo, con quienes le cuidan, con una realidad no humana que no se le somete como antes. Puede costarle: el clásico viejo cascarrabias es en buena medida un viejo impaciente que pretende desfogarse de la irritación contra sí mismo irritándose contra los demás, hasta llegar incluso al irrespeto. Pues bien, es la sabiduría de la paciencia la que puede cambiar conductas como ésta, dañinas para los demás y para uno mismo. En la vejez, con iniciativas decrecientes, con tiempos muertos juzgados así desde la cultura de la rapidez, es una virtud imprescindible. Estimula, además, a encontrar vías quizá antes no transitadas para que esos tiempos sean en realidad tiempos vivos en los que cultivar dimensiones, de la propia interioridad y orientadas a otros, que se postergaron.

  • 7. Hay una expresión de la sabiduría que complementa y hace más fáciles y fecundas estas sabidurías del consentimiento y la paciencia: la sabiduría del desapego. Desapegarse suena mal, porque se considera que arrastra una carga de menosprecio. En sí, sólo supone lo que dice la palabra: separarse de lo que se estaba pegado. Como actitud de sabiduría significa además “quitarse el auto-pegamento”, aquello que nos ata a lo que estamos apegados. No necesariamente porque se le desprecie, sino porque implica sometimiento a ello, a él o ella. La sabiduría del desapego es sabiduría respecto a los deseos que, por sus expresiones o sus modos, nos encadenan a lo que deseamos.

  • Es sabiduría que, como todas, incluye un discernimiento respecto a aquello a lo que nos apegamos. A través de él distinguiremos lo que hay de mal intrínseco en el objeto de apego, que como tal tenemos que rechazar, y lo que hay de malo no en él, sino en el dominio que ejerce sobre nosotros, en la dependencia insana que nos crea, que es propiamente lo que nos corresponde desechar. Un desapego así es fuente no sólo de libertad, sino de aprecio, ajustado a lo que es, de aquello de lo que nos desapegamos. Si este ‘aquello’ es, además, una persona, es condición básica de posibilidad de una relación real entre libertades.

  • Un desapego así facilita también formular y vivir una adecuada jerarquía de valores, implicada en las mismas dinámicas de discernimiento del desapegarse. Piénsese en un desapegarse del automóvil que aprecio, de la bebida, del dinero, del trabajo, de una obra que he creado, de relaciones afectivas que me atenazan (y atenazan), de la causa solidaria por la que trabajo, de mi propia vida que me angustia perder, etc. No nos será difícil percibir que las diversas realidades a las que estábamos apegados no tienen la misma densidad de valor, que el apego hacía que su valor quedara deformado (en unas ocasiones exagerado, en otras mancillado), que el desapego facilita poner a cada valor en el lugar que le corresponde y hace posible la acogida que se merece (no se olvide que, tratándose de personas, el apego daña a quien se apega y a aquél de quien se apega). Estas dinámicas valorativas nos muestran, además, que, si en el desapego no hay en sí menosprecio, tampoco hay, en quien se desapega, indiferencia.

  • ¿No nos sugiere todo esto que la sabiduría de la vida es, en buena medida, un aprender a desapegarse? ¿No significa esto que avanzar en edad es avanzar en oportunidades para lograr ser maestros en el arte del desapego? Un anciano sabio (permítaseme utilizar esta hermosa palabra en desuso, que etimológicamente designa a quien “va antes”, quien nos precede), ¿no es en buena medida el anciano, la anciana, que domina este arte, quien puede ayudarnos a aprenderlo?

  • 8. Las expresiones de sabiduría consideradas hasta ahora se han mostrado en su conjunto centradas en el sujeto, aunque impliquen intrínsecamente desbordamiento de ese centramiento a través de su proyección a los demás. Es algo inevitable por la perspectiva asumida. Pero es importante no ignorar que es una perspectiva precisada de su dialectización con la perspectiva heterocentrada. También en la vejez, en la que el decrecer puede estar acompañado de temores y añoranzas que nos vuelcan sobre nosotros mismos, ya de forma duramente autocentrada. Cultivar, por eso, también en esta etapa, el sentido de la justicia y expresarlo en las obras cívicas de las que se siga siendo capaz, es fundamental.

  • Hay, de todos modos, una vertiente de esta sensibilidad que puede ser especialmente adecuada para la última etapa de nuestra vida que, expresada como sabiduría, denominaré sabiduría de la compasión. En la referencia bibliográfica personal que pongo al final la abordé ampliamente. Permítaseme aquí, por eso, que me limite a un breve apunte.

  • Lo más propio de la compasión es que se expresa como responsividad a la receptividad del sufrimiento del otro, que nos impacta. En cuanto impacto que recibo, es un con-padecer, un “sufrir con” el otro que sufre, un sentimiento alentado por el otro con su propio sufrir -“siento compasión”-, que me revela así una solidaridad básica con él. En cuanto respuesta, motivada y orientada por ese impacto recibido, esto es, en última instancia por el otro, que activa mis fondos de bondad, es un efectivo tener compasión, expresado y autentificado en toda la solicitud hacia él que está a mi alcance. La grandeza de la compasión es esta ligazón tan intensa con el otro, alentada por el sentimiento; su riesgo principal, dando por supuesto que el sentimiento es auténtico, es que se quede atrapada por la referencia a ese otro concreto. La compasión está llamada por eso no tanto a completarse con la justicia cuanto a imbricarse con ella, ya sea como compasión justa, ya sea como justicia compasiva.

  • La compasión tiene algo de espontaneidad, pero se acrecienta y purifica cuando es cultivada, cuando, en concreto, se cultiva la mirada que sabe ver el sufrimiento de los demás. Y es desde aquí desde donde se la puede relacionar expresamente con la vejez, como sabiduría en la vejez. La persona mayor ha acumulado experiencias de sufrimiento de los otros, muy cercanas y personalizadas unas, menos cercanas y más generalizadas otras. Ha tenido múltiples ocasiones de cultivar y practicar la sabiduría de la compasión. Ha podido constatar, además, que esos sufrimientos de los otros eran a veces causados intencionalmente por sus semejantes; que, en otras ocasiones, la causación del dolor no era responsabilidad humana; que, en otras, eran las propias flaquezas y limitaciones de la persona las que motivaban su sufrimiento. Ha podido distinguir moralmente y ha podido compadecer, aunque le toque también reconocer sus fallos. Tiene la experiencia de haberse experimentado a sí mismo con los defectos y torpezas causantes de dolor, lo que le ayuda a la comprensión a la vez lúcida y empática de los demás. Todo ello hace que la compasión en la ancianidad pueda ser especialmente sentida y purificada, incluso si se encuentra con limitaciones para respuestas efectivas hacia quienes sufren.

  • Por otro lado, la compasión sólo es auténtica cuando quien compadece a quien es frágil y por eso ha podido ser herido, se reconoce él a sí mismo como frágil, vulnerable, sufriente potencial, abierto, por tanto, a recibir la compasión que responsivamente ofrece. Pues bien, la vejez nos pone en una situación en la que nuestra vulnerabilidad no es algo que confesamos alegremente desde la autosuficiencia mientras no nos afecta relevantemente, es algo que experimentamos en el día a día, con frecuencia en forma creciente. La persona mayor que compadece, por poca lucidez que tenga, se sabe llamada a recibir respuestas compasivas, a acogerlas, a reconocer humildemente que necesita del otro. Completa así, ahora desde esta perspectiva personal, la sabiduría de la compasión. Lo más propio del compadecer es que nos advenga desde el exterior, desde el otro. Desde ahí, acaba implicándonos también a nosotros, nos hace vernos compadecidos, otros como el otro.

  • Concluyo ya: la vejez, para muchos, es hoy no sólo la última etapa de la vida, es también una etapa larga en años. Vale la pena, personalmente, darle la consistencia suficiente como para vivirla, incluso en las carencias, de forma que nos colme. Vale la pena, socialmente, que no sea percibida como algo residual que se margina sutil o descaradamente. En este caso no sólo se comete una injusticia, se menosprecia algo vivo y fecundo para la sociedad, incluso cuando le toca acoger las limitaciones de las personas mayores. Remitirse a la sabiduría en la vejez puede ser una de las vías para concienciarse sobre ello.

Bibliografía

1 

Arteta, Aurelio, A pesar de los pesares. Cuaderno de la vejez (Barcelona: Ariel, 2015).

Aurelio Arteta A pesar de los pesares. Cuaderno de la vejezBarcelonaAriel2015

2 

Arteta, Aurelio, A fin de cuentas. Nuevo cuaderno de la vejez (Barcelona: Taurus, 2018)

Aurelio Arteta A fin de cuentas. Nuevo cuaderno de la vejezBarcelonaTaurus2018

3 

Cicerón, De senectute. De la vejez, Madrid, Tal-vez, 2005.

Cicerón De senectute. De la vejezMadridTal-vez2005

4 

Etxeberria, Xabier, Dependientes, vulnerables, capaces. Receptividad y vida ética (Madrid: Catarata, 2020)

Xabier Etxeberria Dependientes, vulnerables, capaces. Receptividad y vida éticaMadridCatarata2020

5 

Nussbaum, Martha y Saúl Levmore, Envejecer con sentido (Barcelona: Paidós, 2018).

Martha Nussbaum Saúl Levmore Envejecer con sentidoBarcelonaPaidós2018

Notas

[1] Nota bibliográfica

Abordar la cuestión de la sabiduría en la ancianidad viene de lejos. Baste recordar la clásica reflexión de Cicerón, De senectute. De la vejez, Madrid, Tal-vez, 2005, edición bilingüe con acceso libre en internet. Dos estudios contemporáneos sobre este tema pueden encontrarse en: Martha Nussbaum y Saúl Levmore, Envejecer con sentido (Barcelona: Paidós, 2018); y en Aurelio Arteta, con dos libros: A pesar de los pesares. Cuaderno de la vejez (Barcelona: Ariel, 2015), y A fin de cuentas. Nuevo cuaderno de la vejez (Barcelona: Taurus, 2018). Personalmente, trabajo ampliamente temáticas que tienen que ver con lo aquí presentado en Xabier Etxeberria, Dependientes, vulnerables, capaces. Receptividad y vida ética (Madrid: Catarata, 2020), donde dedico un apartado expresamente a la vejez.

[2] Cómo citar: Etxeberria Mauleon, X. (2021). De la sabiduría en la vejez. EN-CLAVES del pensamiento, 0(30), e469. doi: 10.46530/ecdp.v0i30.469


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